Reseña con spoilers.
En la antigüedad, todos los hombres que habitaban el planeta hablaban el mismo idioma. En su afán por acercarse a su dios, construyeron una torre que les permitiera alcanzar el cielo pero su osadía les costó cara pues ese mismo dios, para evitar que los humanos llegaran hasta él, confundió su lenguaje universal, obligándoles a desentenderse y consiguiendo así que abandonaran el proyecto. Es obvio que el nombre de la película sintetiza su mensaje y el paralelismo con la destrucción de la Torre de Babel, pero escuché en los informativos que trataba sobre la incomunicación y no es cierto, ya que el último film de Alejandro González Iñarritu (Amores perros, 21 gramos) gira en torno a la comunicación en todos sus sentidos, lo que significó, lo que supone y la transformación que ha desarrollado en nuestra forma de vida.
Excelente la escenificación de estas cuatro aventuras que tienen lugar en tres continentes diferentes: dos chicos marroquíes que se encargan de vigilar las cabras de su padre, dos turistas americanos de viaje por Marruecos, uno de los cuales resulta herido de gravedad por culpa de un disparo, una niñera mexicana que disfruta de la boda de su hijo y la incomprensión de una adolescente japonesa son los ingredientes que hacen que las siete nominaciones a los Globos de Oro sean más que merecidas. ¿Por qué? Porque no es tanto las situaciones ni el presupuesto ni las interpretaciones comparado con el apabullante mensaje que se olfatea en cada escena o diálogo.
La comunicación como tema principal:
Decía que a pesar del título este film tiene más que ver con la confusión que provoca nuestra comunicación que no con la incomunicación en sí, ya que no todos los personajes están privados del trato con otras personas. Quizás el caso más notable de soledad sea el de la joven universitaria japonesa por el hecho de ser sordomuda, algo que despierta nuestra empatía cuando el director agrava ese sentimiento con la anulación del sonido en la sala, pero ni mucho menos se puede hablar de falta de comunicación oral, en “Babel” la mutación que hemos aplicado a la comunicación universal se expresa de multitud de formas diferentes: con la fobia a otras culturas, con el entorno, la educación o incluso la tergiversación de la información como medio de manipulación.
Los ejemplos más rotundos al respecto son las dificultades para atender a una ciudadana norteamericana que ha sido tiroteada en una aldea marroquí, en un recóndito paraje del desierto africano. Con el hospital más cercano a cuatro horas de viaje (un trayecto imposible cuando la mujer se está desangrando y peligra su vida), las trabas que impiden que la accidentada sea atendida no son el idioma ni la precaria situación de sanidad del lugar (prácticamente inexistente) sino el miedo de la joven a ser tratada por los musulmanes, las diferencias políticas entre ambas embajadas (la americana rechaza una ambulancia local a cambio de enviar un helicóptero, con la pérdida de tiempo que eso conlleva) o la negación de los propios turistas que comparten el autobús con la pareja a quedarse con ellos, abandonándoles al precio que haga falta. Toda esta marabunta de incuria burocrática o ignorancia se palia cuando intentan pagarle al joven marroquí que les ayuda durante toda la odisea como gratitud y él rechaza el dinero, un detalle sin palabras que habla (que es de lo que trata Babel, de comunicar) muchísimo más que cualquier sentimiento enfrentado entre ambas culturas.
De la misma manera, se nos queda cara de tonto cuando de forma magistral se nos muestra con un par de imágenes la evolución que hemos hecho del lenguaje y su forma de ser usado por las mismas personas en diferentes lugares del planeta: disparos que matan en Marruecos, y otros en México que se usan al aire como explosión de júbilo ante la boda de un hijo pero que aterra sobremanera a dos niños americanos, que no entienden ni asocian los revólveres con la alegría desbocada frente a ellos. ¿Tan diferentes nos ha vuelto la desigual forma de comunicar una emoción?
Claro que la mala comunicación también se ha visto reflejada en la película: mentiras piadosas al inspector de policía para evitar peligros mayores, el miedo hacia una cédula terrorista que copa los noticiarios americanos cuando el disparo que hiere a la turista es fortuito… La mala información provoca dudas y temores, sin embargo también es posible comunicarse aún habiendo crecido casi sin parecidos: las conversaciones entre la niñera mexicana (que habla en español en la versión original) con los niños que cuida (que lo hacen en inglés) es un ejemplo bastante contundente para demostrar que si no nos entendemos es porque no queremos o no nos interesa.
El entorno:
Algo que también pulula por el largometraje aparte de los simbolismos obvios son las diferencias entre culturas. Pasamos de ver un país tercermundista sin recursos a contemplar las urbes japonesas, repletas de rascacielos, discotecas y salones recreativos. No se sabe dónde existe más soledad. La turista herida vislumbra el fin de sus días entre pastores de una aldea perdida, de mujeres cuyos ideales no comprende, (su marido le pregunta al marroquí que le ayuda, en un momento de descanso, cuántas mujeres tiene, a lo que su anfitrión le responde que una, que él sepa), junto a una religión que le da miedo, mientras que la joven sordomuda también se encuentra sola a pesar de vivir en una de las ciudades más pobladas del planeta, a pesar de salir con sus amigos, de disponer de todo tipo de comodidades a su alrededor. Aquí también se diferencia la comunicación a lo largo del tiempo, no en vano se recurre al lenguaje de los jóvenes con el uso de las drogas, los sms o la tecnología que utiliza la hija de Koji para aliviar su sordera mediante sirenas en el timbre o luces en el teléfono que le facilitan hablar con los demás.
El bien y el mal:
La confusión en la comunicación (nombre que aporta el verdadero significado a la palabra Babel) también es la causante de repartir el bien y el mal entre los personajes de la película y en consecuencia, de alguna forma metafórica, también entre los ciudadanos de a pie que convivimos en la vida real. Si bien los protagonistas de las cuatro historias son inocentes, la comunicación transforma a los seres, los aúpa al cielo o los endemoniza según sean las palabras que se destinen hacia ellos. Esto se refleja en la persecución a la que se enfrenta la niñera mexicana en la frontera del país, cuando se encuentra de repente como si fuera una fugitiva por culpa de un malentendido. Quizás la pregunta que engloba el mensaje perfecto sea la que Mike, el niño que cuida, le formula en un momento dado con gran angustia:
-¿Por qué nos persiguen, si no hemos hecho nada malo?
-Porque pensaron que lo hicimos, mi hijito.
Toda una declaración de intenciones del director.
Los hijos como respuesta:
Y finalmente, Alejandro González nos deleita con una dedicatoria a sus hijos, la única luz en las noches más oscuras, según se lee en pantalla. Un repertorio de sentido común, quién sabe si utópico, cuando uno sale del cine y se da cuenta que la única comunicación efectiva en todo el metraje ha sido la de los protagonistas con sus hijos respectivos como panacea a la dramática historia de todos ellos. Tanto los personajes de Brad Pitt y Cate Blanchett, los turistas, con su emotiva conversación por teléfono con sus hijos a tantos kilómetros de distancia, pasando por el dolor del pastor marroquí al presenciar la tragedia en los suyos, la boda del hijo de la niñera que le llena y le devuelve la vida o el abrazo final entre la joven incomprendida y su padre, del cual está distanciado normalmente, sintetizan un mensaje sobre el futuro y, como dijo el director, sobre aquello que nos hace felices, tan diferente, desconocido, entre religiones o culturas, pero sin embargo compartiendo el mismo dolor frente a las adversidades.
Resultado final:
“Babel” se perfila como la máxima candidata a triunfar en los Globos de Oro, los Oscar o por lo menos en el corazón o la mente de sus espectadores. Paradójicamente, me refiero a su temática o su título, es un producto que ha funcionado tremendamente bien en el boca a boca, con unas interpretaciones excepcionales y que sostiene un simbolismo tenebroso por las conclusiones que se pueden deducir de ellos. En definitiva, una tronera que pone punto y final a la trilogía del director acerca de la tragedia como la guinda de un pastel harto amargo y real.