The Umbrella Academy: suite apocalíptica

Algunas veces llegan a nuestras manos pequeñas joyas que nos hacen querer un poquito más el medio. Ejemplos claros y recientes son “Invencible” de Kirkman, la serie más fresca desde la JLA de Giffen, o “Powers” de Oeming, esa canción triste de Hill Street superheroica que en breve reanudará su edición española, colecciones que ensalzan la pasión por los cómics y que sin duda sirven de inspiración para nuevos artistas y jóvenes talentos como Gerard Way, amante de la obra de Grant Morrison y fan de Grendel Tales (uno de mis favoritos, siempre lo he comentado) y vocalista del grupo musical “My chemical romance”, que se tiró a la piscina y se puso a guionizar su ópera prima: The Umbrella Academy, suite apocalíptica, y con muy buena nota.

A decir verdad no he podido desengancharme. He estado leyendo los seis actos de este primer arco argumental (distribuidos en tres tomos) durante toda la tarde porque la lectura lo merecía. “En un año insólito para la humanidad nacieron cuarenta y tres niños extraordinarios. Todos de madres solteras, sin aparentes muestras de embarazo y en los lugares más extraños. Sólo siete de esos niños fueron salvados de su fatal destino y educados por el magnate Sir Reginald Hargreeves para controlar sus bizarros poderes, ¿por qué? Para salvar el mundo, dijo…”

The Umbrella Academy es un cómic publicado por Norma que infunde adicción y entretenimiento a partes iguales. Trepidante, con permanentes cambios en el guión y en los personajes, con una historia veleidosa y activa y con un imparable elenco imaginativo donde caben niños con superpoderes, robots, Torres Eiffels asesinas, alienígenas, viajes en el tiempo, híbridos entre humanos y monos, una nave que se alimenta de un rey egipcio, mujeres de plástico, rencillas familiares que atormentan al grupo y un concierto cuyas partituras amenazan con destruir el mundo. No me extraña que prestamente se haya firmado un contrato con Universal para llevarla al cine, no me extraña que se haya alzado con dos premios Eisner, y mucho menos me extraña que uno de ellos haya ido a parar a Gabriel Bá, su dibujante, pues su estilo amalgamado entre Mike Mignola y Kevin O’Neill, y también ligeramente parecido al Biukovic del mencionado Grendel Tales, es el complemento perfecto para una historia que, en los tiempos que vivimos, es diferente a cualquier otra del mercado, autosuficiente. Original.

Si te gustó “The League of Extraordinary Gentlemen”, hablo por supuesto de la novela gráfica y no de ese sinsentido cinematográfico, tienes que leer las vivencias de estos siete chiquillos cuyos poderes marcaran sus vidas y las del planeta Tierra. Hazlo, pues de esa manera empezarás a contar, como un servidor, los días que pasan hasta que “Dallas”, la segunda miniserie que ya está siendo aclamada en Estados Unidos, también compuesta por seis episodios y que retoma las andanzas de la Academia, llegue a publicarse en España.

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Cuenta conmigo

La semana pasada, Gordie, Chris, Teddy y Vern… digo, Carlitos, Frank, Javi, Miguel y un servidor partimos una vez más de FCM (tres siglas que esconden nuestra ruta sesenta y seis particular y que lleva repitiéndose desde 2002) y que consiste, básicamente, en desaparecer de la faz de la tierra a un destino casi desconocido y sin más acompañantes que nosotros mismos durante un efímero fin de semana, donde retomamos conversaciones, risas y el mal gusto por los bañadores horteras. Además, de la misma manera que el año pasado fue mi via crucis particular debido a la extinción de mi soltería (mis fotos en tanga en la iglesia de un pueblo fantasma han dado la vuelta al ciberespacio), esta vez le tocaba el turno a Javi, que en octubre también pasará a ser domesticado, y por ese motivo la atención del grupo fue mayoritariamente para él, cosa que se palpó desde antes de partir (cuando le cambiamos todo el equipaje de su bolsa, como la ropa que debía ponerse cada día hasta el cambio de champú -el olor a princesa Disney tampoco era lo peor que le podía pasar-) o una vez instalados, con un juego de mesa personalizado donde, para bien o para mal, todas las cartas-trampa llevaban su nombre y el de los grados de alcohol de su vaso de chupito.

El mismo viernes llegábamos a Vidrà, un pueblo de 178 habitantes situado en Girona donde después de mucho tiempo íbamos a pernoctar en un cómodo bungalow en lugar de hacerlo en la habitual tienda de campaña de turno.  No se puede explicar mucho más. A las dos de la mañana nosotros y el interior de la estancia restábamos blancos, después de una lucha con espuma after-shave debido a una de las pruebas del juego.

Tal y como habíamos decidido, este año iba a estar dedicado íntegramente al relax, por lo que los largos recorridos de senderismo fueron sustituidos esta vez por la piscina donde cabe destacar dos cosas importantes: la primera es que Javi estaba realmente divino con el bañador-slip rojo que marcaba de todo menos las horas y, la segunda, que después de siete años, de exhibir nuestro sexappeal, de infructuosos intentos, y hasta de olvidarme el anillo en casa, ligamos. Sí, sí, ligamos: unas chavalitas nos miraban y se reían y se bañaban cerca nuestro hasta que nos saludaron y nos preguntaron la hora. Dos veces. En menos de diez minutos. Una pena, ya ves, que tras tanta espera tuvieran sólo nueve años.

Se podrían contar las mil y una de estas aventuras. Los paseos por Vic, el gran incendio con el que nos topamos en Sant Quirze de Besora, esa nube negra gigante sobre nuestras cabezas y el pueblo, y por el que nos tuvimos que desviar después de hacer un publireportaje con la videocámara, la anécdota del Castell de Montesquiu (que justamente fuimos a visitar en día de puertas abiertas y nosotros que entramos por la puerta principal, visitamos todos los pisos, terrazas y estancias, tocamos lo que quisimos, libros, muebles y ropas de siglos sagrados, hacemos fotos y vídeos y al intentar bajar por las escaleras nos encontramos a una guía con un grupo de veinte personas, pañuelito amarillo al cuello, que nos pregunta que por dónde hemos entrado y qué hacemos allí), y los paseos -interminables- por les fonts del Llobregat, agua, prado y sobretodo secallona a tres euros.

Pero lo que más me gustó del viaje no fueron las excursiones, ni observar el descomunal humo retorciéndose en el cielo, ni las horas de piscina con bronceado gamba-paleta ni que Javi me pillara los dedos con la puerta del coche. Lo mejor de este FCM fue sin duda alguna que por un día la amistad que durante todo el año se viste de carnaval, la misma que parece muerta si no fuera por los cumpleaños,  regresara a nuestras vidas como una estrella fugaz para recordarnos que hay alguien detrás de los números de teléfono, que existen abrazos que no se dan desde la distancia y que sabemos pasárnoslo bien a pesar de que el número 5 se convirtió hace mucho en 1+1+1+1+1.
Como en la película “Cuenta conmigo”, ésa que siempre me recuerda nuestro road trip anual y que está basada en una novela de Stephen King, donde un grupo de niños se aventura en la búsqueda de un muerto mientras contemplamos emocionados cómo se afianza su amistad, cómo pierden la ingenuidad, cómo necesitan unos de los otros, de la misma manera me siento cada vez que caminamos por un monte, por una carretera o junto a una vía de tren, aunque nosotros no seamos ya niños, aunque no queramos convertirnos en héroes televisivos, aunque quedemos pocos ingenuos y no nos necesitemos. Eso es lo que más me gustó. Saber que aún están ahí.

Aunque no busquemos ningún cuerpo porque siempre llevamos el muerto a cuestas. 

Y aunque sólo lo saquemos a pasear una vez al año.

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“Endurance” de Luis Bustos

Normalmente vengo del Salón del Cómic con mucho producto nacional y esta vez salí del stand de Planeta con una grata sorpresa: “Endurance” de Luis Bustos, una novela gráfica basada en hechos reales que narra la épica expedición a la Antártida de Ernest Shackleton.

Sin ningún tipo de reparo, y siendo consciente de que estamos en el mes de julio, tengo que admitir que es uno de los mejores cómics que he leído este año y sería injusto que cayera en la sombra de otras obras de apabullante publicidad -y contenido insípido- o de luchas en mallas con héroes que a pesar de sobrevolar Barcelona con capa negra bien podrían hacer uso del bastón y el Iniston. Y es que este “Endurance” es redondo porque lo tiene todo: un dibujo extraordinario que hace gala de grandes composiciones, diálogos cinematográficos, emociones, bellas estampas, rencores, risas, luchas y sobre todo el coraje de veintiocho hombres que jamás perdieron la esperanza.
Para acompañar esta épica aventura de supervivencia en las nieves estuve escuchando la canción “Héroes de la Antártida” de Mecano que aunque tenía por protagonistas al capitán Robert Falcon Scott, Evans, Wilson, Bowers y Oates, y a la muerte colgada de sus mochilas,  no dejaba de ponerme la piel de gallina en según qué escenas, quizás por la comparación -odiosa, puede ser- de los sucesos narrados en esta espléndida novela gráfica con los acontecidos en el libro “El peor viaje del mundo”, un tremendo drama humano narrado por Apsley Cherry-Garrard y publicado por Zeta Bolsillo que mantiene ciertos paralelismos con la odisea de Shackleton.
En cualquier caso, ambas son obras maestras que narran la historia verdadera de unos hombres que dieron su vida por acercar la Atlántida al resto de los mortales y en el caso del “Endurance”, como bien ha reflejado Luis Bustos, un viaje cuyo destino empezaba con un anuncio publicado en el London Times el 29 de diciembre de 1913, y que decía así:
“Se buscan hombres para viaje peligroso: sueldo bajo, frío extremo, largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.

Por mi parte, el honor y el reconocimiento para todos ellos, tanto a los héroes de verdad por su aplomo como a Luis por habernos hecho partícipes, con su recuerdo y homenaje, de una de las hazañas más maravillosas sobre el afán de superación humano. No os la perdáis.

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Un hombre en la oscuridad

Este libro cayó en mis manos en Sant Jordi y creo que Lurds supo bien dónde buscar, sin duda alguna la sinopsis era lo suficientemente atrayente como para relacionarla con mis gustos, aunque más tarde me enteraría de que fue la portada lo que finalmente le decantó a comprarla.

August Brill, un crítico literario, viudo, que ha sufrido un accidente de coche, se recupera en casa de su hija y por las noches inventa historias en la oscuridad. En una de ellas, Owen Brick, un joven mago, de repente se despierta en un EEUU alternativo donde los ataques del 11-S no han tenido lugar y que está inmerso en una guerra civil. Enseguida se entera de que su cometido no es otro que asesinar a un hombre que no puede dormir y que, como Dios, inventa esa batalla por las noches, una batalla que no finalizará hasta que August Brill muera.

Nunca había leído a Paul Auster aunque le tenía ganas desde que le concedieron el Príncipe de Asturias de las Letras y escuché su discurso, me gustó lo suficiente como para decidirme a leer algo suyo. Desgraciadamente, esta novela me ha decepcionado a ratos porque alterna continuamente pasajes de un gran brío emocional con otros cansinos y aburridos, un equilibrio descompensado entre las dos historias, la real y la que tiene lugar en su imaginación, que termina por volcar anticipadamente un libro que bien pudiera haber tenido un desenlace épico, fenomenal. Desgraciadamente, Auster maneja al lector a su antojo para crear un mundo, el de los estados desunidos, lo suficientemente creíble como para mantener su atención en él hasta que, como si el mismísimo Dios al que se le compara hiciera aparición, lo borra con el chasquido de un dedo, relegando a unos personajes que acompañan la lectura durante más de cien páginas a unas pocas letras de despedida para luego ser olvidados y suprimidos sin motivo ni resolución. A partir de ahí, la trama principal se centra por completo en la relación con su hija y su nieta para dejar a este hombre en la oscuridad más cojo de lo que ya está reposando en cama. Así que, por una vez, no voy a hacer caso a las citas de la contraportada, en especial a la de Kirkus Review, en la que se afirma que ésta es probablemente la mejor novela de Auster porque espero que en la librería descanse alguna obra con más fundamento que la que se ha esfumado de mi vista cuando el autor decidió no seguir con el juego. Eso sí, me ha encantado la reflexión sobre los objetos inanimados de las películas que dan vida a los personajes y también el final, creo que incluso gore, excesivo gore, que consigue devolver por momentos el equilibrio del que antes hablaba, confundiendo por un instante la crudeza de la realidad frente al de la invención, a veces tan singulares y parejos. Mi decisión final es que le daré otra oportunidad.

“Me ha dicho que voy a volver. ¿Es cierto?
Sí. Pero antes he de decirle por qué. Escuche con atención, Brick, y luego respóndame francamente. Apoyando los brazos sobre la mesa, Frisk se inclina hacia adelante e inquiere: ¿Estamos en el mundo real o no?.
¿Cómo puedo saberlo? Todo parece real. Estoy aquí sentado, metido en mi propio cuerpo, pero al mismo tiempo no es posible que me encuentre en este lugar, ¿verdad? Mi sitio es otro.
Está usted aquí, no cabe duda. Y es de otro sitio.
Las dos cosas no puede ser. O lo uno, o lo otro.
¿Le resulta familiar el nombre de Giordano Bruno?
No. Nunca he oído hablar de él.
Un filósofo italiano del siglo dieciséis. Sostenía que si Dios es infinito, y sus poderes son infinitos, entonces debe haber un número infinito de mundos.
Me parece que tiene sentido. Suponiendo que uno crea en Dios. 
Lo quemaron en la hoguera por esa idea. Pero eso no significa que estuviera equivocado, ¿verdad?
¿Por qué me lo pregunta? No tengo la menor idea de esas cosas. ¿Cómo voy a darle una opinión de algo que no comprendo?
Hasta que no se despertó el otro día en aquel hoyo, había vivido toda su vida en otro mundo. Pero, ¿cómo podía estar seguro de que sólo existía ese mundo?
Porque… porque era el único mundo que yo conocía.
Pero ahora conoce otro mundo diferente. ¿Qué le sugiere eso, Brick?
No lo entiendo.
No hay una sola realidad, cabo. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo.
[...] Vale. Bueno, pongamos por caso que mato a ese hombre…, a ese tal Brill, imagíneselo. ¿Qué pasa entonces? Si él es el creador de este mundo, en cuanto él muera usted dejará de existir.
Brill no ha inventado este mundo. Sólo ha urdido la guerra. Y también lo ha imaginado a usted. ¿Es que no lo entiende? Ésta es su historia, Brick, no la nuestra. Ese anciano lo ha creado para que usted lo mate a él.”

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La Epopeya de Gilgamesh

Apenas han pasado unas horas desde que muriera Michael Jackson y a pesar de que su ocaso se muestra indecoroso en la pantalla de cualquier televisión -continuamente- no he podido resistirme a escuchar uno de sus cedés y a bajarme un recopilatorio de sus vídeos a través de ese programa que, desde hace unos días, se puede descargar gratis con la negra de Sony y que permite visualizar videoclips de casi todas las épocas y grupos. Y ahora que lo pienso, fríamente, sin darle muchas vueltas al asunto porque tampoco me considero un fan del rey del pop, aunque sí lo he seguido, lo he cantado y lo he bailado, me doy cuenta de que su música me ha acompañado desde mi infancia hasta estos momentos de duelo, prácticamente desapercibida, como una banda sonora en segundo plano, como un olor que enseguida te devuelve a un lugar del pasado que ya permanecía borrado de nuestros recuerdos: en las radios, de remezcla en los Max Mix, de fondo en las televisiones mientras jugaba en el Màtic de Reus a las recreativas, en los altavoces de Pacha cuando a las nueve de la noche pinchaban las lentas para que las parejitas pudieran abrazarse y juntar pechitos (uno, que ya tiene una edad), en la adolescencia con peligrosos y adictivos “Dangerous” y “Blood on the dance floor”, incluso más recientemente, cuando consiguió que me comprara su “Invincible” cuando el cantante ya era prácticamente de todo menos eso.
Michael Jackson tuvo una vida de artista y ha muerto como tal. Ahora vendrán las encumbraciones y las conspiraciones pero qué más da, ya no sirve de nada especular. Nunca me he parado a cuestionar sus asuntos extraoficiales con los que se ganó la mofa de la sociedad, las deudas, los juicios y los prejuicios porque siempre lo valoré desde el ámbito musical, bien es cierto que en su última aparición pública parecía más un puppet de Jeff Dunham que un cantante de cincuenta años, pero su vida, marcada en primer término por el accidente y su supuesta enfermedad, y en segundo término por sus excentricidades de genio obsoleto, le han ayudado en cierta manera a mitificar lo que, desde hace ya años, era un dios encubierto en el caparazón de una persona pusilánime y débil. Una persona que, como Gilgamesh, buscó de nuevo la juventud y regresó sin ella, por muchas aventuras, luchas o empresas que sacrificara para ello. 
Cuenta la narración escrita más antigua del mundo la historia de un rey que emprendió un viaje para conseguir la inmortalidad y regresó a su pueblo resignado con el destino por haber perdido la planta que le devolvía la juventud. Aunque la moraleja del poema sumerio va más allá y en un acto de humildad le abre los ojos al déspota rey de Uruk y le enseña que el sentido de la vida es el camino recorrido, las amistades que le convierten a uno en lo que puede llegar a ser. 

A este otro rey, y maestro de muchos, de albinas intenciones y negro corazón, de pasos de baile imposibles y virtuoso escaparate en la escena musical,  hoy le han amortajado otorgándole la inmortalidad que paradójicamente ya había conseguido en vida, quizá de forma prematura, y sin haber regresado con plantas divinas que, como los cuadros de Dorian Gray, le otorgasen la vida eterna.  

Otro poema alternativo, otra epopeya, otra épica de nuestro siglo que termina con un final alternativo al del legendario Gilgamesh pero que de alguna forma también se mantiene intacta si la vemos a través de las letras de canciones como “Man in the mirror” o ”Remember the time”, las mismas que profusan otro tipo de moralejas igualmente válidas, las plantas de su propia discografía que le hicieron mudar la piel tantas veces, nunca mejor dicho, en el fino hilo del éxito y que ninguna serpiente hambrienta podrá arrebatarle ya jamás.

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“Bacterias” de Calo

Elodie es una joven huérfana que carga con la responsabilidad de cuidar de sus hermanos pequeños. Vincent es un pintor bohemio y borracho incapaz de aceptar responsabilidades. Olivier es un adolescente que se junta con malas compañías. Sandrine es una chiquilla sin padres, que no sabe cómo crecer. Todos ellos son bacterias, formas de vida en un mundo mayor que no comprenden.

Acostumbrado a lecturas más profundas, reflexivas, y contando también con que un servidor es de los que carga las viñetas con infinidad de detalles, en ciertos casos hasta demasiado, el arte de Calo me ha sorprendido gratamente por su sencillez y por la simpleza en el trazo, por el colorido de la obra, tan en contraste con la vida sin rumbo de sus personajes, y por la facilidad de sentir como habituales los diálogos, conversaciones en la terraza de un bar que bien podíamos haber vivido cualquiera de nosotros, agudizando nuestro oído, mientras tomamos junto a amigos o familiares el vermut de un domingo a mediodía.

Un cómic costumbrista de corte íntimo y con unos pasajes misteriosos, esto me ha encantado, sin duda alguna hay que ponerlos en la lista de misterios por resolver junto a los de 2001 de Kubrick, que alternan visiones del pasado y el futuro para hacernos entender la insignificancia de nuestra existencia, la ignorancia de unos protagonistas ajenos a un universo mayor que nunca llegarán a comprender pese a anteponerse a amores y familias rotas, a relaciones sin solución y a desilusiones discontinuas.

“-Has pensado alguna vez si habrá vida cuando eso ocurra? En cuatro mil millones de años hemos pasado de ser bacterias, a convertirnos en seres capaces de andar, hablar, pensar… conducir coches… En cinco mil millones de años, puede que nos hayamos extinguido, como los dinosaurios. O tal vez hayamos evolucionado hasta convertirnos en seres tan diferentes que resulta imposible imaginarlo. Quizá seamos capaces de desplazarnos por un universo como por una autopista y, cuando llegue el día, podamos ver el fin de la tierra a través de una pantalla de tv, como quien mira una retransmisión deportiva.
-¿Eso es un capítulo de doctor Who?
-¿Cómo?
-En un capítulo, el doctor Who viajaba al futuro y veía el fin del mundo desde la nave de unos marcianos…”

 Recomendable.

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“Charon” de Chiara Ambrosio

 

 

 

Podéis clickar en la imagen para ver el corto de animación. (Aquí a estas historias se les llama “política de empresa”)

 

Charon, the mythic demon sailor over the river Styx, sets off on a journey to recover his mortality. He renounces his role as ferryman for the dead and sails away on a sea of oblivion in search for the archetypical home, the mythical place of his childhood where he can finally abandon his boat and die.
This film is about memory, mortality and time.
Written and directed by Chiara Ambrosio
Produced by Michael Nyman

Director of Photography- Michal Rulka
Sound Design- Mark Peter Wright
Production Design- Michael Fowkes and Sara Muzio
Original Music composed by- Michael Nyman

Nov ‘08- CHARON IS SELECTED TO JOIN THE BRITISH FILM COUNCIL SHORT SCHEME
Nov ‘08- CHARON screening at HERE Arts Centre, New York, part of Drama of Works’ “Carnival of Samhain” Puppetry Festival.
OFFICIAL SELECTION Fantasia FIlm Festival, Montreal, Canada
OFFICIAL SELECTION Cambridge Film Festival, Cambridge, UK
OFFICIAL SELECTION Leeds Film Festival, Leeds, UK
OFFICIAL SELECTION Busho Short Film Festival, Budapest, Hungary

OFFICIAL SELECTION Tehran Short Film Festival, Tehran, Iran

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Los hombres que no amaban a las mujeres -Millenium 1-

De no ser por la repentina muerte del autor de esta novela, el sueco Stieg Larsson, estoy seguro de que su éxito como escritor, o mejor dicho el éxito de esta trilogía, hubiese alcanzado cierto paralelismo con el éxito encumbrado por escritores de la talla de Sir Arthur Conan Doyle o la mismísima Agatha Christie, en cierta manera por la magnífica aceptación por parte del público de ese investigador casual llamado Mikael Blomqvist que bien podía haber sido el Sherlock Holmes o el Hercules Poirot de nuestros tiempos. Un periodista capaz de sobrevivir a cuantas sagas se hubiesen puesto por delante, a resolver asesinatos, enigmas y robos indescifrables, a convertirse en franquicia y salvador, un icono que por desgracia ha sido enterrado antes de poder ser exprimido en su totalidad.

“Los hombres que no amaban a las mujeres” es uno de esos casos en que por ciertos designios divinos o quizás por la alineación de los planetas, una obra triunfa magistralmente (primero por el boca a boca y luego por la sucesión de ventas) haciéndose un hueco en las librerías de medio mundo. Pero después de leerlo me ha quedado la duda de si está sobrevalorado, aun sabiendo que es una muy buena adquisición literaria. Porque a pesar de haber vendido millones de ejemplares, no nos engañemos, no estamos hablando de una obra maestra y esto es debido, bajo mi humilde punto de vista,  a tres puntos clave que impiden que la perfección (y eso que a mí no me gusta la perfección) se aleje de lo que han denominado “la novela de la década”.

-La absoluta adicción que crea su lectura, esto es indiscutible, en realidad nos va alejando poco a poco de la trama principal y consigue un efecto realmente paradójico, que el nudo se nos haga más interesante que el desenlace final, en primer lugar porque esa adicción es más palpable con la presentación de personajes y las relaciones que se crean entre ellos (algo que se va perdiendo a medida que avanza la historia) y en segundo lugar porque en una novela de casi setecientas páginas, que la trama se disperse en la página quinientos veinte y el interés se venga a menos cuando se narra su resolución es algo que le hace perder puntos. De verdad que el final me dejó completamente indiferente mientras que anteriormente me había sentido realmente atrapado y emocionado con lo que leía.

-Esta excelente obra que bebe de las mejores novelas negras también peca de ser predecible. Muy predecible. Si quitamos que es casi imposible acertar el nombre del/la malvado/a villano/a porque hay más de treinta sospechosos (aunque hasta en eso podríamos discutir) el resto de incógnitas o ”escenas” son presumiblemente fáciles de suponer. Hasta el gran misterio de las flores, una vez se cierra el libro, se transforma en un airado “te lo dije”. 

-Y tercero, y siguiendo con lo anteriormente expuesto, eso se debe a que de una brillante historia que empieza con las estafas de un grupo industrial y la inoportuna investigación de un periodista, continúa con un guión meticuloso, añadiendo misterio e intriga, asesinatos, personajes con los que familiarizarnos y un universo propio muy carismático, Stieg Larsson hace finalmente un thriller de los muchos que se pueden ver en el cine palomitero de los domingos por la tarde, tocando incluso temas religiosos -y cansinos- al más puro estilo “Ángeles y demonios” y demás “davincis” que ya empiezan a colapsar hasta la creatividad de muchos artistas. Al terminarlo, por cierto, uno de los finales más secos de los últimos libros que me he leído, me dio la sensación, aquí me sale la vena deportiva, que el Sr. Larsson ya estaba pensando en el siguiente partido, digo, volumen, porque aquí ya estaba todo hecho y no había nada más en juego. Como si Millenium 2 se hubiese adelantado algunas páginas a su propia edición.

Con todo ello, es un libro muy recomendable por la facilidad con la que uno se engancha a él y sobretodo a la personalidad de sus personajes, inolvidables, como versa en la contraportada, pero que dista de ser una obra maestra debido a la decaída gradual de sus intenciones; un libro que mientras más te arrastra a él, menos sentimientos hace florecer del lector. Nota: 8,5/10.

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El blog fantasma

Después de “Cruzando el río Estigia” y la primera versión de esta aventura en wordpress llamada “Donde todo se acaba” parece que el futuro de este espacio sea finito aun antes de empezar. No en vano soy propenso a aparecer y desaparecer como un vampiro frente a un espejo pero también es verdad que las veces en las que me he asomado a esta ventana virtual ha sido para contemplar la calle (o la jungla, o el vertedero) durante algunos años seguidos, por lo menos desde 2003, momento en que me topé con los primeros acordes de esta canción -desafinada-. Son diversas razones las que me han arrastrado, revolcado y vuelto a enderezar a este buque insignia de las letras pero donde manda patrón no manda marinero y el patrón de este barco adopta varias formas y nombres como el mismísimo diablo: destino, tiempo y últimamente proyectos. Son los que me han mantenido lejos de una travesía que se ha saldado con amigos y compañeros y otros que no lo son tanto o por lo menos prefiero poner en duda sus intenciones.
En todo caso, el resultado final siempre ha compensado la corta vida de las bitácoras de las que he sido dueño (y náufrago) y es por ello que no me han temblado las piernas ni la pata de palo al soltar amarras y levantar el telón de un teatro que ha estado cerrado demasiadas temporadas, que no ha sabido respetar a los abonados, que se malacostumbró al aplauso de unos pocos y cerró taquillas sin motivo ni discusión.

No sé durante cuánto tiempo seguiré en pie, no sé dónde estaré mañana, seguramente lejos de cualquier sitio imaginable, no puedo prometer la continuidad de un hobby que me atosiga de la misma manera que me hace disfrutar, de hecho no puedo prometer ni que haya un futuro, pero al barquero siempre le gustó lo incierto, y por supuesto rodearse de fantasmas.

Encadenarse a ellos.

Navegar y no pensar jamás en el destino que le mece, dejándose llevar por el mareaje que en cualquier momento trate de tumbarle, en contra de su voluntad.

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