Algunas veces llegan a nuestras manos pequeñas joyas que nos hacen querer un poquito más el medio. Ejemplos claros y recientes son “Invencible” de Kirkman, la serie más fresca desde la JLA de Giffen, o “Powers” de Oeming, esa canción triste de Hill Street superheroica que en breve reanudará su edición española, colecciones que ensalzan la pasión por los cómics y que sin duda sirven de inspiración para nuevos artistas y jóvenes talentos como Gerard Way, amante de la obra de Grant Morrison y fan de Grendel Tales (uno de mis favoritos, siempre lo he comentado) y vocalista del grupo musical “My chemical romance”, que se tiró a la piscina y se puso a guionizar su ópera prima: The Umbrella Academy, suite apocalíptica, y con muy buena nota.
A decir verdad no he podido desengancharme. He estado leyendo los seis actos de este primer arco argumental (distribuidos en tres tomos) durante toda la tarde porque la lectura lo merecía. “En un año insólito para la humanidad nacieron cuarenta y tres niños extraordinarios. Todos de madres solteras, sin aparentes muestras de embarazo y en los lugares más extraños. Sólo siete de esos niños fueron salvados de su fatal destino y educados por el magnate Sir Reginald Hargreeves para controlar sus bizarros poderes, ¿por qué? Para salvar el mundo, dijo…”
The Umbrella Academy es un cómic publicado por Norma que infunde adicción y entretenimiento a partes iguales. Trepidante, con permanentes cambios en el guión y en los personajes, con una historia veleidosa y activa y con un imparable elenco imaginativo donde caben niños con superpoderes, robots, Torres Eiffels asesinas, alienígenas, viajes en el tiempo, híbridos entre humanos y monos, una nave que se alimenta de un rey egipcio, mujeres de plástico, rencillas familiares que atormentan al grupo y un concierto cuyas partituras amenazan con destruir el mundo. No me extraña que prestamente se haya firmado un contrato con Universal para llevarla al cine, no me extraña que se haya alzado con dos premios Eisner, y mucho menos me extraña que uno de ellos haya ido a parar a Gabriel Bá, su dibujante, pues su estilo amalgamado entre Mike Mignola y Kevin O’Neill, y también ligeramente parecido al Biukovic del mencionado Grendel Tales, es el complemento perfecto para una historia que, en los tiempos que vivimos, es diferente a cualquier otra del mercado, autosuficiente. Original.
Si te gustó “The League of Extraordinary Gentlemen”, hablo por supuesto de la novela gráfica y no de ese sinsentido cinematográfico, tienes que leer las vivencias de estos siete chiquillos cuyos poderes marcaran sus vidas y las del planeta Tierra. Hazlo, pues de esa manera empezarás a contar, como un servidor, los días que pasan hasta que “Dallas”, la segunda miniserie que ya está siendo aclamada en Estados Unidos, también compuesta por seis episodios y que retoma las andanzas de la Academia, llegue a publicarse en España.
Pero lo que más me gustó del viaje no fueron las excursiones, ni observar el descomunal humo retorciéndose en el cielo, ni las horas de piscina con bronceado gamba-paleta ni que Javi me pillara los dedos con la puerta del coche. Lo mejor de este FCM fue sin duda alguna que por un día la amistad que durante todo el año se viste de carnaval, la misma que parece muerta si no fuera por los cumpleaños, regresara a nuestras vidas como una estrella fugaz para recordarnos que hay alguien detrás de los números de teléfono, que existen abrazos que no se dan desde la distancia y que sabemos pasárnoslo bien a pesar de que el número 5 se convirtió hace mucho en 1+1+1+1+1.
Normalmente vengo del Salón del Cómic con mucho producto nacional y esta vez salí del stand de Planeta con una grata sorpresa: “Endurance” de Luis Bustos, una novela gráfica basada en hechos reales que narra la épica expedición a la Antártida de
Apenas han pasado unas horas desde que muriera Michael Jackson y a pesar de que su ocaso se muestra indecoroso en la pantalla de cualquier televisión -continuamente- no he podido resistirme a escuchar uno de sus cedés y a bajarme un recopilatorio de sus vídeos a través de ese programa que, desde hace unos días, se puede descargar gratis con la negra de Sony y que permite visualizar videoclips de casi todas las épocas y grupos. Y ahora que lo pienso, fríamente, sin darle muchas vueltas al asunto porque tampoco me considero un fan del rey del pop, aunque sí lo he seguido, lo he cantado y lo he bailado, me doy cuenta de que su música me ha acompañado desde mi infancia hasta estos momentos de duelo, prácticamente desapercibida, como una banda sonora en segundo plano, como un olor que enseguida te devuelve a un lugar del pasado que ya permanecía borrado de nuestros recuerdos: en las radios, de remezcla en los Max Mix, de fondo en las televisiones mientras jugaba en el Màtic de Reus a las recreativas, en los altavoces de Pacha cuando a las nueve de la noche pinchaban las lentas para que las parejitas pudieran abrazarse y juntar pechitos (uno, que ya tiene una edad), en la adolescencia con peligrosos y adictivos “Dangerous” y “Blood on the dance floor”, incluso más recientemente, cuando consiguió que me comprara su “Invincible” cuando el cantante ya era prácticamente de todo menos eso.
Elodie es una joven huérfana que carga con la responsabilidad de cuidar de sus hermanos pequeños. Vincent es un pintor bohemio y borracho incapaz de aceptar responsabilidades. Olivier es un adolescente que se junta con malas compañías. Sandrine es una chiquilla sin padres, que no sabe cómo crecer. Todos ellos son bacterias, formas de vida en un mundo mayor que no comprenden.